LITERATURA

El vino de Valdepeñas no ha escapado al juicio, la interpretación y complacencia de múltiples hombres que han configurado nuestra cultura y que, en algún momento, se dejaron atrapar por su sabor y generosidad.

Baltasar de Alcázar (1530-1606). Poeta español, en sus deliciosas redondillas de Una cena, canta:

Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición,
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo. 
Franco, fue, Inés, este toque,
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

D. Antonio Poz (1725-1792). Pintor y escritor español que realizó trabajos para Carlos III. Hace elogiosos comentarios sobre la campiña y el vino de Valdepeñas y perdona el mal estado de las calles en gracia al exquisito vino que se produce… “El mejor vino de España, según dictamen general de los mejores entendido”s.

Tres franceses de excepción hablan del vino y paisaje de Valdepeñas en sus crónicas. El Barón de Daviller reseña: “Entre Santa Cruz de Múdela y Valdepeñas, un trayecto que se hace en menos de una hora en diligencia, sólo se ven viñas por ambos lados”. Y Alejandro Dumas, apostilla: “Era vino de Valdepeñas legítimo, de áspero y excitante sabor. Este vino áspero y espeso que para los buenos bebedores tiene la ventaja de no embriagar”. El tercero sería Gustavo Doré, que amén de ser el mejor ilustrador del Quijote, dedicó un buen número de láminas costumbristas a Valdepeñas, en las que recrea labores agrícolas con referencias constantes al vino.

Otros dos franceses más tuvieron a bien rememorar el vino de Valdepeñas, a pesar del revés militar que los valdepeñeros les ocasionaron en la Guerra de la Independencia. El capitán Mery, en sus memorias de la guerra, escribe: “ …Llegamos a Valdepeñas donde se recoge el famoso vino de La Mancha, que es en España lo que el Borgoña a Francia”.

Y el mariscal Henri-Philippe Petain, militar y estadista francés de la primera guerra mundial, espeta tajante: “Con este vino de Valdepeñas se pueden ganar muchas batallas”.

De la misma opinión que el capitán Mery es Julien, autor de la notable obra La topografía de todos los viñedos conocidos (finales del s. XVIII y principios del XIX). Clasificando los vinos de España, se refiere al de Valdepeñas en los siguientes términos: “…Los mejores vinos se elaboran en Valdepeñas y sus alrededores, y se asegura que tienen una gran semejanza con nuestros buenos vinos de Borgoña, todas cuyas cualidades reúnen: Tienen finura, espíritu, un gusto agradable e incluso buen bouquet”.

Otro viajero encomiable, Richard FORD, a quien España debe buena parte de su difusión por su libro Cosas de España escrito a mediados del siglo pasado, refiriéndose al célebre vino de Valdepeñas, dice de él que fue la leche que tomó en su infancia Sancho Panza, y para ratificarse, afirma: “Aquellos de nuestros lectores, cuyas bodegas estén surtidas de escogidos Burdeos, Jerez y Champagne, pueden pasarse perfectamente sin los demás vinos. Y si quisieran hacer una excepción, que sea solamente a favor de Valdepeñas y Manzanilla”.

Más contemporáneamente, Miguel de Unamuno, con su estoicismo radical y conciso, se interroga: “Qué vamos hacer con pueblos que no saben lo que es una verónica y no beben Valdepeñas”.

De opinión similar es Pedro Chicote: “Viva el vino de Valdepeñas, abajo el cóctel”.

Antonio Díaz Cañabate, en su libro Historia de una taberna, de forma más lírica, relata: “El Valdepeñas es un vino alegre; su alegría es como su color granate, una alegría transparente que deja ver ese fondo de optimismo que todos llevamos en un rincón de nuestra alma”.

Y Mariano José de Larra, olvidando su romanticismo o quizá a causa de él, rememora en un castellano viejo: “Demanda un abundante caldo de Valdepeñas sobre el capón y el mostrador. Corre el vino, aumentase la alegría”.

Luis Buñuel, que tantas veces se sirvió en sus películas del espíritu crítico que le asistió, refiriéndose al vino, escribió en Mi último suspiro: “Yo pongo en lo más alto al vino, especialmente al tinto. Siento un gran cariño por el Valdepeñas español, que se bebe frío, en bota de piel de cabra”.

Amor al vino de Valdepeñas que es testimoniado por el pintor Gregorio Prieto, quien escribió: “Luis Buñuel, amigo mío, a quien le gustaba el Valdepeñas como al primero. Digo esto, porque si Buñuel apreciaba extraordinariamente encontrar una botella de Valdepeñas en París, a mí me encantaba comer en Nueva York con un Valdepeñas enfrente”.

El dramaturgo, Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Académico de la Lengua, Francisco Nieva, en un pregón sin par que pronunció en 1983 con motivo de la festividad de San Andrés (patrón del vino nuevo), confesó: “Los senderos de mis venas llevan vino de Valdepeñas”.

Cata del Vino Nuevo y Anochecer Poético

“Las palabras que nos permiten conocer la esencia de los hombres y las cosas. Cada vez que un autor abre una página de su alma, un mensaje es lanzado. Traza así su rumbo a los sentidos del lector. Aquí está la aventura humana; las ideas que nos sobrevuelan y se convierten en un testamento de la Historia.

Os traemos una buena selección de palabras con alma, en las que sus autores han tratado -y lo han conseguido- hacer grande, muy grande el pulso de nuestra ciudad. Y lo han conseguido porque exaltar el Vino y la Poesía es cantar la épica de sus hijos, habitantes que no han detenido su historia; ésta sigue adelante…”

Por el G. A-L. “El Trascacho”, Juan José Guardia Polaino. Poeta de Valdepeñas

LAS TABERNAS DE MADRID

Las mejores páginas de nuestra literatura del s. XIX, y buena parte del s. XX, se han escrito, sin lugar a dudas, en las tabernas y cafés de Madrid.

Todo en Madrid fue un mostrador regado con el buen vino de Valdepeñas. Lógicamente hubo vinos de otras latitudes, pero no se recuerda que ninguno de ellos rotulara con su nombre un escaparate, o diera su nombre al propio de la taberna. Eso sólo ocurrió con el vino de Valdepeñas.

Para saber de la importancia de las tabernas en la vida social de Madrid, recomendable es el libro de Lorenzo Díaz al respecto: Madrid, tabernas, botillerías y cafés. 1476-1991. Para comprender hasta qué punto la idiosincrasia de un pueblo puede girar en torno a un vaso de vino Valdepeñas.

Del auge de las tabernas en el s. XIX da fe el libro, Crónicas de Madrid, en el que se lee: En la calle de Toledo (de Madrid) se organizaban mercados en los que las provincias acudían a vender cosas: esteras de Valencia, especias de Extremadura, vino de Valdepeñas, naranjas y granadas de la huerta murciana. El vino se vende desde el mismo pellejo en el que lo transportan los vinateros. Cita ésta que está refrendada por Mesonero Romanos en sus Escenas matritenses al hablar de que: Las tabernas de la calle Toledo, donde en mulas tordas los manchegos paseaban y distribuían el vino de Valdepeñas.

Las escenas de algunas de aquellas tabernas sería la que diera lugar al dicho madrileño de: “i Qué bien entra un soldadito de Pavía con un buen trago de Valdepeñas!”. El científico López Campillo cuenta que tal denominación surge de comparar la tapa que acompañaba al vino, con la chaquetilla de color amarillo, del popular regimiento de Húsares de Pavía que se hallaba en el cuartel del Conde Duque.

En cualquier caso, la gloria de la taberna madrileña va unida al vino de Valdepeñas en el s. XIX, en el que alcanza su esplendor. De la arquitectura y composición clásica de aquellas tabernas nos habla Luis Agromayor que las rememora así: “El mostrador de zinc, con vasos y frascas brillantes, ejemplo de sencillez y buen gusto, acoge como el muelle de un puerto a una nutrida clientela amarrada fuertemente al calorcillo de chatos y tapitas…El transparente vino de Valdepeñas corre rojo y suelto de barricas a frascas, de frascas a vasos y gargantas, reconforta los estómagos y alegra los corazones”.

De cuantas tabernas clásicas ha conservado Madrid dándole nombre, la más célebre es, sin lugar a dudas, la de Antonio Sánchez. Los primeros datos como taberna la sitúan en el número 13 de la calle Mesón de Paredes (el nombre de la calle recuerda al mesón descrito), y en 1870 era su propietario el picador Colita. Fue en 1884 cuando la adquiere Antonio Sánchez Ruiz, de unos tíos suyos, oriundos de Valdepeñas, y que, por entonces, era conocido el garito con el nombre de la taberna de Cara Ancha, debido a que éste era el apodo del célebre torero que tenía a esta taberna por su favorita, dándole celebridad al concurrir a ella de forma habitual.

A esta taberna habría que sumar otra no menos conocida: La bola. Está en la calle de Guillermo Rollarid, 1, esquina a la bola 5. La fachada es de color rojo y fue abierta en 1802. Esta taberna es célebre por sus cocidos madrileños, y en los años de la represión bonapartista ya despachaban buenos caldos de Valdepeñas.

Entre otras muchas historias y descripciones de tabernas de Madrid que van unidas al vino de Valdepeñas, se podrían, abreviadamente, enumerar: la Valdepeñeras Industrial, que rotula su frontispicio con este nombre. Está en la calle O’Donnell, esquina a Narváez.

La Taberna Dolores, testigo de la devoción de los madrileños por la imagen de Jesús Rescatado, quien cada viernes convoca a multitud de creyentes a su visita. La taberna, situada a mitad del trayecto, ha contemplado las colas de fieles desde 1928. Está decorada de azulejos con símbolos alusivos al vino, que entre racimos y uvas rotulan como reclamo publicitario: vinos de Valdepeñas.

En Sáncho Dávila (en Ventas) se encuentra otro curioso nombre de taberna: Valdepeñas en Madrid. Y en el número 5 de la calle Marceliano Santamaría, otra se bautiza: La flor de Valdepeñas.