HISTORIA

Los vinos de Valdepeñas tienen una idiosincrasia basada en su tradición y sobre todo en su historia, que se remonta a varios siglos antes de nuestra era.

Historia de la vid en España

La vid que hasta nuestros días ha llegado es descendiente directa de la VITIS VINÍFERA, de la familia de las vitáceas, y fue cultivada por el hombre desde los tiempos donde la memoria suele confundir el origen con su mitología. Se conocía en Babilonia, y las primeras monarquías egipcias ya usaban de su cultivo. Sin embargo, fueron los griegos y los fenicios quienes desarrollaron la viticultura de una forma civilizada, y la hicieron extensiva a sus colonias.

A estas dos culturas se les debe, primordialmente, el conocimiento y posterior desarrollo de la vid en Occidente. Y de forma muy particular en los países mediterráneos como es el caso de España, Francia e Italia.

Atendiendo a las pruebas arqueológicas que hasta nuestros días han llegado podemos aseverar, sin errar el cálculo, que las viñas en la Península Ibérica tienen casi 3.000 años de historia. Aunque en atención a los estudios hemos de situarnos entre los años 1.100 y 400 a. C. (antes de Cristo) para tener conocimiento pleno de que los griegos y fenicios fundaron factorías a lo largo de la costa mediterránea, llegando incluso hasta Cádiz, sobre el Atlántico. Y cuando ya, en el s. III a. C. los cartagineses conquistan la franja costera mediterránea, situándose en Sagunto y Cartagena, se encuentran con un floreciente comercio vinícola.

Es muy poco lo que sabemos de los primeros pobladores en la zona de Valdepeñas; éstos debieron aparecer en la época cuaternaria por ser ésta la cuarta de las grandes divisiones de la historia geológica de la tierra, y en la que tiene lugar la aparición del hombre.

El primer dato al que podemos remitirnos nos lleva al mundo ibérico. Sin prejuicio del nombre que en su día recibiera la hoy Valdepeñas, sus antecedentes hay que situarlos entre los ss. VIII – VII a. C., en lo que hoy se denomina Cerro de las Cabezas, situado a 7 km al sur de la actual población. En este cerro se encuentra el yacimiento ibérico más importante de Castilla-La Mancha, lo que nos puede dar una idea de lo importante de la zona muchos siglos atrás. Por lo que no es descabellado decir que ochocientos años antes de Cristo ya existía la vid en Valdepeñas, o cuando menos era conocido el vino, que debió entrar por la cuenca mediterránea en incursiones de los primeros pueblos que la invadieron.

Sabemos que la vid llegó a la península entre el 1.100 y el 800 a.C. por los griegos y los fenicios que arribaron a la costa mediterránea; y que la iberización de La Mancha se produjo por la llegada de elementos mediterráneos y su aceptación por la población indígena. Sabemos también que los asentamientos ibéricos se sitúan habitualmente en lugares próximos a cursos fluviales, el de Valdepeñas se encuentra regado, en la falda del cerro, por el Jabalón, lo que no hace sino ratificar el influyente foco de población dependiente de la agricultura entre la que se encontraba la vid. Esto ratificaría lo dicho por Hubrecht Duijker, quien en su Atlas de los vinos de España, afirma que cuando los cartagineses llegaron en el s. III a. C. a la franja mediterránea, se encontraron con un floreciente comercio vinícola en la península.

El ámbito geográfico de la actual provincia de Ciudad Real, de la que Valdepeñas forma parte, estuvo ocupado en época prerromana por poblaciones oretanas y carpetanas, siendo los primeros los pobladores de la actual zona de Valdepeñas. La presencia de estos antiguos pueblos está fehacientemente probada por diversos autores grecorromanos y latinos.

A la zona geográfica y sus habitantes alude Estrabón, geógrafo griego del s. I a. C., nacido en Amaseia (Asia Menor); Ptolomeo, matemático, astrónomo y geógrafo griego, alude a los oretanos como Opnravol; y así se puede continuar con Plinio, Polibio, Livio, etc. En cualquier caso, Ptolomeo, a mediados del s. II d. de C., en su obra «Geographike Hyphégesis», ofrece la relación más amplia de ciudades oretanas, y entre ellas figura Miróbriga, situada a 9º, 30’ / 39°, 30’, cuyo nombre vuelve a aparecer en la relación de ciudades que se agruparon para formar la actual Valdepeñas en 1243. Otro nombre mencionado por el autor griego es Lupparia, que se cree fue la ciudad más próxima a la actual Valdepeñas, por ser citada como tal por Tito Livio. Curiosamente en la relación de estos autores no aparece el asentamiento de Acinippo, cuando es un dato contrastado que nos hace suponer de una ciudad con tal nombre, ya que en el año 1748, con motivo de hacerse unas obras de arreglo en la ermita de San Nicasio (en la actual Valdepeñas), donde se hallaba establecida la Orden de los Descalzos Trinitarios, y cuya edificación aún permanece en la actual ciudad, apareció un sepulcro romano, en cuya lápida (según el traductor Aemilius Hubner) aparece la palabra acinippo, correspondiente al nombre de Lucio Acinippo y en cuyo escudo heráldico figuraba un racimo de uvas flanqueado por dos espigas, lo que nos sitúa en la presencia de los dos cultivos más importantes de la zona. Por otra parte, Acinippo, etimológicamente, proviene de la voz griega acinus (grano de uva).

Otra constatación romana en la zona es el descubrimiento en Alhambra, zona inscrita en la actual Denominación de Origen Valdepeñas, de una inscripción romana votiva al culto de Mercurio, que para los romanos fue deidad fundamental protectora de comerciantes y artesanos. Así como múltiples vías romanas que procedentes de Toledo atravesaban la provincia de Ciudad Real en busca de Córdoba, y otras vías alternativas que atravesaban el río Jabalón, lo que nos sitúa en el tiempo como una zona de comercio emergente.

Teniendo presente el amor de los romanos al vino y al cultivo de la vid, así como los antecedentes descritos: vías de comunicación, una lápida con el nombre de acinippo, escudo heráldico con racimo de uvas, el culto a la deidad del comercio, podríamos afirmar que Valdepeñas es la cuna de la vid en Castilla-La Mancha.

. A los romanos se les debe importantes mejoras de tipo técnico y una racionalización de los recursos económicos. De esta época datan el arado y la tinaja (orcae), con lo que se mejoraron la labranza del cereal y la vid, así como el tratamiento de la uva, ya que los romanos fermentaban el vino.

Desde el punto de vista político, Ciudad Real se mantuvo dentro de la zona de influencia visigoda a partir del reinado de Eurico, y por lo tanto la zona de Valdepeñas. Cosa lógica, si se tiene en cuenta su paso natural entre el norte y el sur.

Estas tierras fueron el escenario de operaciones desde el que Leovigildo emprendió sus campañas meridionales: la de Córdoba en el 572 y la de Oróspeda (en la sierra de Cazorla) en el 577, con las que se instauró el dominio territorial visigodo. La posterior e inmediata rebelión de Hermenegildo en Sevilla, y la inevitable guerra civil a que dio lugar, volverían a poner de manifiesto el trágico valor militar de la zona que nos ocupa, con el consiguiente deterioro de la agricultura y el comercio. Por ello cabe suponer que la supervivencia de la agricultura en esta época, como en otras posteriores, se debió a la generosidad de la vid que no se puede esquilmar con la misma facilidad con la que, por ejemplo, se quema un sembrado.

A las manifestaciones de las guerras había que sumar la de la naturaleza que fueron una constante en el reino visigodo, sobre todo en los sectores agrarios y ganaderos permanentemente amenazados por las plagas de langosta. Plagas bien documentadas por las fuentes literarias.

Gregorio de Tours, menciona en su Historia Francorum, fechada hacia el 584, que desde hacía cinco años una plaga venía propagándose por la Carpetania (cartaginese interior), alcanzando a provincias colindantes hasta llegar a la zona sur de Castilla-La Mancha (situación geográfica de Valdepeñas). En la que señala el cronista que, la situación era tan angustiosa que no quedaba: Viña, árbol, fruto, ni hierba que no hubiese sido devorado por los insectos. Una vez más la viña, y por lo tanto el vino, están presentes.

Fue la decadencia interna, más que la invasión musulmana en sí, lo que condujo al colapso del reino visigodo en el 711. Esa decadencia propinó que a partir de la batalla de Guadalete las tropas de Tarik atravesaran desde Cazorla las tierras actuales de Ciudad Real, y aquí se quedaran hasta los ss. XI-XII, en los que las luchas internas del reino árabe y la posterior reconquista dieran lugar a que la zona de Valdepeñas se convirtiera en tierra de nadie, soportando constantes agresiones que destruirían vidas, enseres, y tierras.

Varios son los fenómenos sociológicos y culturales que hay que tener en cuenta para explicarnos la supervivencia de la vid en la zona de Valdepeñas, durante la ocupación musulmana, a pesar de la rigidez del Corán con respecto al vino.

El único dato histórico que se reseña en numerosas publicaciones contemporáneas, sin estar contrastado en ninguna de ellas, es el de que el Califato de Toledo emite una bula especial que permitía a esta zona vitivinícola la elaboración del vino. Es más que dudosa la citada bula (una cosa es que se fuera permisivo, y otra que se ratificara con cuño oficial) aunque tiene una base razonada. Está demostrado que los árabes permitieron a los habitantes oriundos continuar con su cultura agrícola, y además, la viña, era un producto que permitía un abandono relativo y su posterior recuperación, lo que sería de suma importancia para mantener la economía de la zona debido a que ésta soportaba las incursiones de uno y otro signo. En las que los campos serían abandonados o desertizados por las batallas que en ellos se producían. Cuando no fueran arrasados por el fuego para empobrecer la zona y no permitir la supervivencia. En estos casos, la viña, soportaba mejor la agresión de lo que lo harían los sembrados.

Además, se ha de tener en cuenta que a los musulmanes se le deben viejas recetas gastronómicas traídas de su cultura o desarrolladas in-situ. A ellos se les debe el escabeche, para lo que utilizaron el vinagre (que también es invento árabe) y que como se sabe es el resultado de la fermentación acética del vino. A ello hay que sumar el azafrán (producido aún hoy en la zona), la canela, el comino, etc.

En cualquier caso, prueba fehaciente de la indulgencia árabe con respecto a los viñedos de la zona, lo aporta Atilano Martínez Tomé cuando afirma: El cultivo de la vid (en época árabe) se mantuvo en el sur a pesar de la prohibición alcoránica que fue muy poco respetada por los seguidores poderosos de Mahoma en el Al-Ándalus. El refinamiento de las clases altas de los musulmanes hispánicos les inducía a mantener todo aquello que pudiera contribuir a dulcificar la vida. El historiador García de Valdeavellano ratifica la licenciosa vida de estos árabes: las comidas estaban fuertemente sazonadas con miel y pasas, condimentadas siempre con aceite, y terminaban con platos dulces y queso; el vino se bebía en vasos de loza o recipientes de vidrio o cristal tallado.

La conquista de la zona de Valdepeñas se inscribe en el contexto de la gran ofensiva hispano-cristiana de los ss. XI-XIII y se puede situar en la fecha de 1212 con la victoria de Alfonso VIII en las Navas de Tolosa.

Es a partir de esta fecha cuando la actual Valdepeñas empieza a tomar forma y cuando más documentos la referencian a través del vino y sus viñas. Así está documentado que lo que con posterioridad sería el campo de Calatrava, lo fue antes de la Orden de los Templarios.

Es muy de resaltar este dato, ya que a la Orden del Temple a su paso por España, donde quiera que fundaran un monasterio o defensa allí surgía o se intensificaba el cultivo de vid. Esto es debido a que los monjes trapenses, a pesar de mantener la rígida regla del silencio absoluto y multitud de privaciones como la de no comer carne, pescado, etc.; sin embargo, en sus mesas nunca faltaba una botella de vino siguiendo el pensamiento bíblico de que el vino significa abundancia y favor de Dios.

Cuando la Orden hace acto de presencia en la zona geográfica de Valdepeñas, trae consigo el arado de vertedera y la sustitución de los bueyes por los caballos, el abono de la tierra, y una racionalización del cultivo de la vid. Lo cual significa que el viñedo actual de Valdepeñas asienta sus referencias modernas en la época cisterciense.

Los Templarios llegan en el año de 1150, de la mano del rey Alfonso VII al entregar éste a los caballeros del Císter grandes extensiones de tierras manchegas, constatando en el documento de entrega las viñas y todas sus heredades con el portazgo a quinto de los hornos de pan y vino.

Es a partir de este momento cuando empieza la analogía de la viña de Valdepeñas con la de Borgoña, sugerida por diversos autores, entre ellos por Raymond Dumay en su libro La muerte del vino, en el que el autor hace la ruta cisterciense que hiciera el monje Raimod de Citeaux, fundador de la Orden de Calatrava en España. La ruta comienza en la Abadía de Vougeot en Borgoña y pasa por la Alta Loira, Bergarac, Navarra, Rioja, Valbuena del Duero, Calatrava y Valdepeñas.

Los acontecimientos narrados nos sitúan en el s. XIII, en el año de 1243, en el que Doña Berenguela agrupa diferentes poblaciones cercanas entre sí en un sólo núcleo bajo el nombre de Valdepeñas, que etimológicamente se cree responde al de Valle-de-peñas.

El hecho de tal decisión se debió a una de las múltiples querellas que la reina de Castilla y León mantuvo con la nobleza y las órdenes militares, que le disputaron la regencia a la muerte de su hermano Enrique I, hasta que abdicó en su hijo, conocido como Fernando III el Santo.

A partir del s. XIII son múltiples las citas y alusiones a Valdepeñas y comarca que dan testimonio de las viñas. De este siglo datan las crónicas de cosechas malogradas por heladas, sequías, pedriscos… Así como el desarrollo de la viña que tuvo lugar a partir del s. XIII en menoscabo del cereal, de ahí que en la zona de Valdepeñas no sean testigos del paisaje los molinos que identifican a La Mancha. Pues aunque el cultivo de la vid requiriera mayor esfuerzo y un laboreo prolongado en forma de cavas, recavas y podas. La vendimia es también costosa y la transformación de la uva en vino exige cierta especialización. Como recompensa a estos esfuerzos, el viñedo ofrecía la ventaja de una producción regular y facilidad de comercialización de los excedentes, según recoge Francisco Ruiz Gómez*.

Ricardo Izquierdo Benito* en su estudio La explotación del territorio y la distribución de la renta feudal en la provincia de C. Real, expone: Especial importancia fue adquiriendo a lo largo de la Edad Media el cultivo de la vid. Posiblemente contaba ya con una cierta tradición anterior, pero a finales del s. XIII se intensificaron las plantaciones de viñas —que solían protegerse con cercas— al mismo tiempo que el proceso repoblador. Su expansión fue paralela a una demanda creciente de vino, especialmente por el aumento de su consumo en los núcleos urbanos… De ahí la extensión creciente que adquirieron las plantaciones de viñas —cuya unidad de superficie era la aranzada, con unas 400 cepas—…/… la necesidad de fomentar la producción local del vino fue desembocando en la puesta en práctica de cierto proteccionismo tendente a dificultar la entrada de vinos de otras áreas. Igualmente, en muchas cartas pueblas se especifica la superficie de viñedo que todo vecino repoblador de un lugar tendría que plantar para acogerse a determinadas exenciones fiscales. De ahí la existencia de bodegas, lagares y cubas que aparecen señaladas en muchas explotaciones agrícolas.

La importancia de la vid en el Campo de Calatrava está demostrada por numerosos documentos, tales como las rentas que la Orden recibía en el s. XV por sus encomiendas, que expresadas en maravedíes fueron de 137.000 en 1493 por la encomienda de Valdepeñas. Las rentas se recaudaban por alcabalas (impuesto de un 10% en el valor de las compraventas); y las tercias (dos novenas partes del diezmo eclesiástico sobre la producción agraria).

Las rentas de la Orden de Calatrava que han llegado hasta nosotros tienen diversos conceptos, y en todas ellas aparece la vid. Así, la renta podría ser territorial procedente de arrendamiento de cereal, regadío, olivar, viñas…; feudales (en reconocimiento de señorío): yantares, hospedaje, hornos, derechos de relego (vender antes el vino), etc., diezmas: sobre pan o cereales, garbanzos, vino, etc. y otras tantas cargas fiscales.

Durante todo el s. XVI, la situación vitivinícola de Valdepeñas se consolidó y aumentó paulatinamente. Los vinos de Valdepeñas, que ya eran conocidos en la corte de los Austrias, empiezan su comercialización con Madrid al ser creada en dicha villa la capitalidad del reino por Felipe II en 1561. En fecha próxima, 1594, un protocolo de la Orden Trinitaria rinde pleitesía al vino de Valdepeñas.

Los problemas económicos que tantos quebraderos de cabeza le dieron a Carlos III, fueron una de las remoras que tuvo que soportar Felipe II. Siendo así, que el rey se vio en la necesidad de vender Valdepeñas al marqués de Santa Cruz, don Alvaro de Bazán. Para dar curso a tal decisión el monarca promulga una real cédula, el 21 de mayo de 1582, para que Valdepeñas deje de pertenecer a la Orden de Calatrava. Y el 22 de abril de 1585 es vendida a don Alvaro de Bazán por la cifra de 104.895 reales y 8 maravedíes.

Desde la Reconquista, toda la zona había sido cerealista, la presencia del viñedo en Valdepeñas y alrededores como cultivo alternativo fue un relente que con posterioridad se extendería al resto de la región.

En Valdepeñas el viñedo representó un 20 % y se desarrolló como monocultivo a partir del s. XVIII, J. López Salazar, señala que el viñedo constituyó un poderoso agente privatizador de tierras de utilización comarcal por la consideración de plantíos duraderos. Con la regresión de la extensión cultivada en el s. XVII las tierras yermas o sembradas esporádicamente llevaron buenos viñedos y saneados ingresos, y debido a la creciente demanda de Madrid, varios concejos animaron a su plantación para librarse de las molestas servidumbres ganaderas. La vid vino a completar las economías agrícolas y supuso seguridad, ya que no requería siembras anuales y abundante mano de obra, su laboreo permitía dedicaciones parciales, daba cosechas todos los años y no dependía tanto de la coyuntura climática, poniéndose en estos años las bases para el espectacular desarrollo posterior.

Del auge económico de estos años en Valdepeñas, gracias al vino, existe una ingente cantidad de citas, ya sean por viajeros (de los que se habla en otro capítulo de este libro), ya fuera por transacciones económicas como la que figura en el año de 1625, cuando Felipe IV dicta una Real Provisión para que el Comendador de la Clavería pague al sacro convento de Calatrava 1.200 arrobas de vino de Miguelturra. Ya que en caso de no hacerlo, debe pagarse con vino de Valdepeñas.

En el año 1790, el entonces alcalde de la villa de Valdepeñas, don Antonio Mesías de la Puerta, reconoce una producción anual de 200.000 arrobas de vino.

Carlos III, a la sazón el mejor alcalde de Madrid, se sirve de las alcabalas (antiguo impuesto) de los vinos para urbanizar la capital. Y debido al auge comercial que Valdepeñas mantenía a través de sus caldos con Madrid, parte de las puertas de Alcalá y Toledo fueron sufragadas por los vinos de Valdepeñas.

De la calidad de los vinos valdepeñeros en aquella época, baste con reseñar una anécdota que recoge Richard Ford en su libro “Las cosas de España”: Las mejores viñas y bodegas son las que pertenecían a don Carlos y las del marqués de Santa Cruz. A propósito de éste, no estará de más recordar una anécdota que pone de relieve el abandono tradicional de los españoles y la manera que tienen de hacer las cosas. Este verdadero prócer (el marqués) uno de los más distinguidos entre los aristócratas por su jerarquía y su talento cenaba una noche con un embajador extranjero en Madrid. Este señor era gran aficionado y entusiasta del Valdepeñas (como todas las personas juiciosas deben serlo) y se tomaba mucho trabajo para conseguirlo puro, enviando a buscarlo a personas de confianza y barriles en condiciones. En cuanto el marqués se llevó a los labios la primera copa, exclamó: -¡Magnífico vino! ¿Cómo se las arregla usted para comprarlo en Madrid? Me lo envía -replicó el embajador- su administrador de usted en Valdepeñas y tendré mucho gusto en procurarle a usted un poco.

El s. XIX marca el inicio del auténtico apogeo y desarrollo industrial de Valdepeñas por diversos factores que se dieron cita a lo largo de la centuria.

En la vertiente política, Valdepeñas vivió acontecimientos históricos de enjundioso prestigio. El 6 de junio de 1808, los valdepeñeros se opusieron a que las tropas francesas, de camino hacia Bailen, cruzaran la ciudad. Las tropas, comandadas por el general Ligier, intentaron doblegar a la población y al no conseguirlo optaron por dar un rodeo. El tiempo perdido por la resistencia de la ciudad parece que fue suficiente, junto con otros factores, para que el general Castaños reagrupara al ejército español y venciera en la batalla de Bailen, con la que se inicia la expulsión de las tropas napoleónicas del territorio español.

A mediados del siglo la vid alcanzó la categoría de monocultivo y se convirtió en la columna vertebral de la economía. Máxime porque el vino de Valdepeñas sirvió de contrapeso a la falta del vino francés que por esas mismas fechas, mediados del siglo, sufría la guillotina de la filoxera que azotó al viñedo galo y sentó las bases de una gran demanda de vinos de los demás países productores, entre los que se encontraba España, y lógicamente los vinos de Valdepeñas.

La demanda de vino de estos años trajo consigo la industrialización del sector. De hecho la industria más desarrollada de este siglo, en la provincia de Ciudad Real era la vinícola, que destinaba a la exportación la mayor parte de la producción, no sólo de vino, sino también de alcohol. Por lo tanto, Valdepeñas entró en el mercado de la industrialización, del comercio y del capital, de la mano del viñedo.

El broche en el siglo lo puso la llegada del ferrocarril en 1861 a la ciudad. Habiendo adquirido para entonces tal importancia el mercado del vino que se creó el denominado tren del vino, que partía diariamente desde Valdepeñas a Madrid con más de 25 vagones de dos tableros móviles cargados con más de 100 pellejos de vino. A esta línea hay que sumarle la de los enlaces provinciales que cambiaron el transporte del vino a través de los puertos de Alicante y Valencia, desde donde Valdepeñas exportaba a Filipinas, Cuba y toda Centro-américa.

Este auge comercial trajo consigo la creación de importantes bodegas cercanas al ferrocarril, alguna de las cuales todavía mantiene su antiguo asentamiento. De esta época data la que fuera la bodega más importante del momento: Luis Palacios, que llegó a enviar diariamente a Madrid 2.500 pellejos; las Bodegas Bilbaínas, que dispusieron de un ramal férreo propio desde su muelle de carga a la estación. Otra bodega importante fue la de Tomás López Tello, a cuyos vinos dedica elogiosas palabras el escritor Joaquín Belda en 1929, junto con el blanco de la viña San Ramón o el coñac Canalejas.

Si en el s. XIX se sientan las bases para que Valdepeñas inicie una ascensión, fruto de muchos siglos en los que estaba germinando su futuro, el s. XX supone un mazazo sin precedentes en los que, además de las convulsiones sociales del siglo de las que Valdepeñas, lógicamente, participa, hay que sumar la plaga de la filoxera.

La filoxera llegó a Valdepeñas en 1900; es curioso destacar cómo los calores estivales de la meseta retrasaron el avance filoxérico que se había manifestado en Europa 30 años antes.

Inmediatamente se procedió a repoblar los lugares dañados con cepas americanas; inmunes al insecto. Pero obviamente grandes extensiones de viñedo se perdieron. Sin embargo, y aprovechando el auge que trajeron consigo las nuevas plantaciones, el vino de Valdepeñas adquirió carta de naturaleza propia y se instaló cómodamente en las mesas de las tabernas de Madrid.

La crisis suscitada con la filoxera, creó una sensibilización que llevó a un empuje tecnológico y científico. Por ello, y dada la notoriedad de los vinos, el entonces Ministerio de Fomento creó en Valdepeñas la primera Estación Enológica y Campo de experimentación. Así es como, en 1925 y bajo la presidencia del marqués de Casa Treviño, se crea la Federación Regional de Viticultores. Además de estas acciones, y para defensa y promoción de los vinos de Valdepeñas, se crea en 1928, el Círculo Mercantil Vitivinícola. Sus diversas acciones dieron lugar a que el 1 de mayo de 1930, la Junta Regional Vitivinícola fije su capitalidad en Valdepeñas, y aunque la institución actual de la Denominación de Origen es posterior, el primer Estatuto del Vino, que data de 1932, ya recogía la Denominación de Origen Valdepeñas.